Saturday, September 1, 2007

Asalto al museo

“Do women have to be naked to get into the Met. Museum?” (1989), un póster clásico de las Guerrilla Girls, que formó parte de la exposición Kiss Kiss Bang Bang, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Tras ser ignoradas durante décadas, la obra de las primeras artistas feministas es reivindicada por instituciones de todo el mundo y por una nueva generación de creadoras que, treinta años después, luchan por lo de siempre: la igualdad real.

Quizá sea ya demasiado tarde, pero 2007 debería haberse declarado año internacional del arte feminista. No es para menos. Dando un vistazo a la programación del año encontramos un sinfín de actividades centradas en la cuestión: en el simposio del MoMA Feminist Future participó, al comienzo de la temporada, la flor y nata de la teoría y la práctica artística feminista.

Por su parte, Global Feminisms versó sobre el aquí y ahora del movimiento y se inauguró en el Brooklyn Museum el pasado mes de marzo, que además acoge desde entonces una nueva sección dedicada al arte hecho por mujeres (el Elizabeth A. Sackler Center for Feminist Art); este verano, dos muestras, en el Museum of Contemporary Art (MOCA) de Los Ángeles y en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, han repasado la obra de las pioneras de este movimiento; y, por si fuera poco, la próxima semana se inaugura La batalla de los géneros en el Centro Galego de Arte Contemporáneo, consagrada a la labor de las primeras artistas feministas que aparecen en los años 70.

Tanta unanimidad no puede ser coincidencia sino… ¿fiebre? Connie Butler, la comisaria de Wack! Art And The Feminist Revolution, la exposición de Los Ángeles, dio a la revista Frieze una de las claves para entender este global interés: «Hay muchas artistas trabajando en este tipo de planteamientos y necesitan conocer a sus predecesoras». No se trata pues de un sentido homenaje, sino de «lanzar nuevas cuestiones y abrir nuevas vías para otros artistas». Xabier Arakistain, comisario de Kiss Kiss Bang Bang, la muestra bilbaína, opina igual que su colega norteamericana. «Todos estas actividades tratan de revisar el legado de las pioneras, rendirles un homenaje pendiente desde hace décadas y, por supuesto, poner en contexto estos discursos para que las más jóvenes cojan el testigo». Esta herencia radical ha renacido de la mano de artistas como Elke Krystufek, que en sus performances retoma el tema del cuerpo de la mujer como espacio a conquistar o A.L. Steiner, parte del colectivo Chicks on Speed. En España, encontramos a Cristina Lucas, que en sus animaciones destapa los estructuras de poder cotidianas, Eulàlia Valldosera, que recurre a los entornos domésticos para reflexionar sobre lo femenino o Itziar Okariz que plantea la cuestión del género como construcción cultural.

Juan Vicente Aliaga, responsable de La batalla de los géneros, identifica una reivindicación más profunda. «Hace tiempo que se viene cuestionando el canon oficial de los museos, cuyas colecciones no incluyen a estas artistas, eliminadas del discurso oficial del arte. Si miramos los fondos de los principales centros españoles, veremos que apenas hay mujeres». Para Aliaga, la lucha feminista trata fundamentalmente sobre la igualdad, y por eso «debería implicarnos a todos» Así, la exposición del Tate Gallery como el Moderna Museet de Estocolmo han declarado su intención de empezar a adquirir más obras de arte firmadas por mujeres, tras admitir (al menos el centro británico) que no estamos lo suficientemente representadas en sus colecciones. Los museos nacionales, por el momento, no se han pronunciado.

Para los comisarios que están trabajando en esta misma dirección, el cambio de actitud que vivimos hoy se debe a que, por fin, una nueva generación de mujeres están interesadas en destapar esa etapa de nuestra historia. Por desgracia, durante los últimos 20 años, «la palabra que empieza con F», como dirían las incombustibles Guerrilla Girls, se había convertido en un auténtico tabú. Ninguna artista quería que su obra se identificara con el feminismo, preferían que su obra hablara por sí misma, más allá del género del artista, cosa que, en aquel momento, sólo les sucedía a los hombres. Así, artistas de primer orden como Louise Bourgeois, Tracey Emin o la cineasta Chantal Akerman han negado en alguna ocasión que su obra fuera feminista, aunque se ha interpretado como tal.

Por otra parte, en las últimas décadas ha habido una falsa impresión de igualdad, una especie de era del «yo no soy feminista, pero…». Se extendió la idea de que las habíamos conquistado todos los derechos, sin darnos cuenta de que cuando hay que poner ese tipo de peros es que algo va mal. Para Arakistain esa situación ha sido «un espejismo absoluto del que se han dado cuenta muchas mujeres a partir de los 30 años, cuando han topado con el llamado techo de cristal. Son estas mujeres las que han empezado a reclamar cierta justicia con una historia del arte que sigue siendo fundamentalmente androcéntrica». Menuda sorpresa.

¿Pos-Eco-Ciber-qué?

Pero, ¿qué pasaba mientras las hijas de las feministas pioneras, señoritas educadas de clase media, blancas y universitarias (como yo misma) andábamos entre la esquizofrenia del «no soy, pero…» y la incipiente sospecha de que este mundo no era un lugar tan fácil para las mujeres? Básicamente, surgió la llamada tercera ola, donde todas las situaciones ignoradas por las primeras feministas (mujeres de color, procedentes de países no occidentales, mujeres pobres, transexuales, prostitutas, etc.) toman la palabra y cuestionan las interpretaciones anteriores de género y sexualidad por limitadas. Nace en ese momento una auténtica ensalada de prefijos: ecofeministas, posfeministas, ciberfeministas y un largo etcétera de complejas teorías que encuentran en el mundo académico su hábitat ideal y en la recién nacida Internet el medio de expresión para muchas de las artistas. La red se percibe como un espacio de diálogo, nuevo y libre de prejuicios, al abrigo de teóricas como Donna Haraway o Sadie Plant. Creadoras como VNS Matrix (presente en Kiss Kiss Bang Bang), Shu Lea Cheang o Natalie Bookchin desarrollan en ese momento sus obras de manera exclusiva para el entorno virtual. Y, para bien o para mal, el debate desaparece de los medios de comunicación, de la calle y, mal que nos pese, de la mente de las mujeres.

Así que nos hemos adentrado en un siglo XXI que, sorprendentemente, no es el paraíso de igualdad que muchas (¡y muchos!) soñamos. Más bien al contrario. ¿Será esa una de las razones por las que el arte vuelve a lanzar a la opinión pública cuestiones que parecen trasnochadas? En Estados Unidos, donde nacieron las precursoras, no dejan de alzarse voces que acusan a los /neocon/ de andar desmantelando derechos conseguidos tras décadas de lucha, como la posibilidad de decidir sobre nuestro propio cuerpo en caso de embarazo. Ana de Miguel, que dirige desde hace años el curso Historia de la Teoría Feminista, parte del Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense de Madrid, opina que «vivimos un momento de retroceso global», y no sólo al otro lado del Atlántico, aunque también admite que, desde los años 70, el movimiento no ha desaparecido «sino que se ha estado organizando a través de asociaciones, laboratorios culturales o desde el ámbito académico». Sin embargo, y aunque parezca que vivimos un momento de grandes logros con un buen número de mujeres llegando a cotas desconocidas en la política o la empresa, los grandes progresos que vivimos van paralelos a estrategias más sibilinas para arrinconar a la mujer. «Mientras en lo educativo y lo laboral estamos avanzando, existe un ataque desde lo cultural y lo simbólico», tan poderoso como formas más evidentes de represión. De Miguel da algunos ejemplos y, rápidamente, nos vienen a la mente muchos otros que, a simple vista, pasan por ser «decisión propia»: «La obsesión enfermiza por ideales de juventud y delgadez inaccesibles; la vuelta a los juegos de niños y niñas; la temprana sexualización de las chicas, que pronto quieren vestirse con ropa sexy aunque no entiendan el mensaje que envían con ella; el regreso de los viejos relatos sobre el amor, visto como lo que da sentido a la vida de las mujeres [que se manifiesta desde el fenómeno de las stay at home mums, profesionales que abandonan sus carreras para consagrarse a la familia, hasta el éxito de las princesas Disney, las muñecas Bratz y todo su omnipresente merchandising rosa entre las nuevas generaciones de niñas]; los celos como símbolo de amor de nefastas consecuencias en su expresión más violenta…». El principal peligro de estas imposiciones radica en que no toman la apariencia de tales. «La mujer se sitúa voluntariamente en una posición de inferioridad al sentir que no entra dentro de esos inalcanzables parámetros que el entorno y los medios de comunicación le imponen. Además, mientras nosotras buscamos la igualdad, ellos no se resignan a perder sus privilegios». Así que no nos relajemos. Todo apunta a que corren nuevos tiempos, con aires viejos, eso sí, en los que es necesaria una reacción, y esta vez más visible: «Hay que volver a unirse, hay que trabajar en red», zanja de Miguel. Toca pues, dejarse de peros y pasar, de nuevo, a la acción. Las artistas, algunas de las cuales ilustran con su obra estas páginas, ya han empezado.

escrito por Cristina Díaz a las 5:22 pm  

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