Wednesday, July 23, 2008

J. G. Ballard: El futuro era esto

Una piscina vacía, un motivo frecuente en la obra del autor.

El Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona dedica una gran exposición al escritor británico que anticipó la abulia consumista de la sociedad posindustrial (entre otros muchos males contemporáneos).

El futuro llegó y no es, ni mucho menos, cómo lo esperábamos. No vivimos entre naves espaciales ni hemos conquistado otros planetas. Y los cacharros asombrosos que deslumbraban en las novelas y películas de ciencia ficción, puede que nos faciliten el trabajo pero también esclavizan y provocan soledad a base de una hipertrofia comunicativa. Llegó el imperio tecnológico y el presunto “fin de la historia” y, lejos de instalarnos en una utopía, nos ha convertido en aburridas máquinas de consumir que desfilan en una suerte de imperio global del miedo y el psicofármaco.
A lo largo de las últimas décadas, James Graham Ballard, empezando en la ciencia ficción y, poco a poco, evolucionando hacia un áspero hiperrealismo, ha descrito en su obra una radiografía tristemente certera de nuestro mundo, que dibuja la estampa descrita. El CCCB abre hoy una gran exposición dedicada a su obra y su capacidad premonitoria. Este escritor nacido en Shanghai de padres británicos será, además, el centro de una serie de actividades del festival de literatura Kosmópolis (del 22 al 26 de octubre), del que esta muestra es un anticipo. Con “J. G. Ballard. Autopsia del nuevo milenio” el centro barcelonés pretende dar a conocer entre el gran público la obra del escritor “que ha sido minoritario durante mucho tiempo”, según nos cuenta su comisario, Jordi Costa. Ese desconocimiento se debe en parte a que “empezó desde la literatura de ciencia ficción, aunque acabaría evolucionando hasta convertirse en un autor fundamental para entender el nuestra época”.

Un futuro muy cercano

En sus obras, Ballard anticipó al ascenso de un actor llamado Ronald Reagan a la presidencia de los Estados Unidos (“Exhibición de atrocidades”) y preconizó la anestesia del afecto en la que vivimos inmersos, compensada por la presencia ubicua de un sexo tecnificado, en “Crash”, novela donde muchos también quieren ver un anticipo de la muerte de la princesa Diana en accidente de coche y la consiguiente autopsia mediática. Sus primeros libros, como “Sequía” o “El mundo inundado” hablan de amenazas medioambientales que apenas se intuían entonces. Mientras que en sus últimas novelas ha descrito con descarnado realismo un mundo alienado de comodidades donde una clase media se entierra en aburrimiento; la seguridad es el valor preeminente en detrimento de la libertad y sólo episodios violentos consiguen despertar alguna emoción. Este familiar panorama se explica con la precisión y frialdad de quien no lee novelas, de un autor que confiesa preferir los artistas visuales (de sus queridos Surrealistas a los hermanos Chapman) y la “literatura invisible” que nos rodea, desde tratados médicos a informes psiquiátricos pasando por catálogos de Ikea (de hecho, los alborotos durante la inauguración de una de sus tienda en Inglaterra, que se saldó con cinco heridos, han alimentado su última novela, donde ataca el consumismo feroz). Esa capacidad anticipatoria y su distanciado análisis del devenir de la sociedad occidental hacen de la obra de Ballard casi un manual de instrucciones del presente.

Claves de los próximos cinco minutos

La muestra llega en un momento en el que Ballard está de triste actualidad: se acaba de publicar su autobiografía (“Miracles of life. Shanghai to Shepperton”) y, recientemente, la prensa se hizo eco de su delicado estado de salud (padece cáncer de próstata incurable). “La idea es anterior a todo esto”, puntualiza Costa, “el proyecto parte de la certeza de que su literatura es la más relevante de la producida recientemente, porque revela las claves que definen nuestro tiempo. Leyendo sus obras podemos conocer el futuro inmediato. Aunque no sólo es importante su componente de pronóstico, es un escritor único con un lenguaje propio”. La exposición, que continúa el formato clásico de este centro de cultura, que ya se experimentó en otras dedicadas a autores como Fernando Pessoa o James Joyce, traza un recorrido a través de las constantes de su trabajo, realizando una traducción visual del universo literario del escritor en un claro afán divulgativo.

Surrealismo y ciencia ficción

La muestra arranca con imágenes de “El Imperio del Sol”, la adaptación cinematográfica que Spielberg hizo de la que quizá sea su novela más conocida, un relato de tintes autobiográficos sobre su infancia en Shanghai que culmina con el estallido de la guerra de China con Japón. “Su familia vivía acomodada en una suerte de burbuja victoriana en la colonia que, de repente, desaparece. Esa paz se rompe al ser llevados al campo de concentración de Lunghua”, cuenta Costa. El equipo responsable de la exposición ha conseguido acuarelas de otros internos del campo japonés. “Con esa experiencia nace el Ballard escritor” según el comisario, que al principio se fija en el psicoanálisis y la pintura surrealista, de la que imitaría estrategias a lo largo de su trayectoria literaria. Una evocación del Surrealismo junto con uno de los cuadros favoritos de Ballard del movimiento ocupan una de las salas de la muestra, a la que le sigue un espacio dedicado a la particular relación del escritor con el género literario en el que se adscribe. “Ballard aboga por una ciencia ficción subjetiva”, por la exploración del “espacio interior” en un momento, los años sesenta, de auténtico delirio espacial entre los autores de esta literatura. En esta zona encontramos una selección de filmes de ciencia ficción realizada por el propio autor y las revistas del género donde publicó sus primeros relatos.

Afilado bisturí

Quizá la sección más documentada e inspirada sea la dedicada a la “tecnología y pornografía”. Una de las experiencias que marcarían la trayectoria de Ballard fue la visión del primer cadáver diseccionado durante sus pocos años como estudiante de medicina. La metáfora de la autopsia, a la que hace referencia el título y que se reproduce en esta sala, no es baladí. En los años que siguieron a la muerte de su esposa, el escritor encontraría su lenguaje e inspiración en tratados médicos y desarrollaría en sus obras más radicales, “Exhibición de atrocidades” y “Crash”, donde la descripción tecnológica se funde con las patologías y la carne en una descripción de “una sociedad mediática donde realidad y ficción se confunden”, de acuerdo con el comisario. Su producción más reciente nos remite a los llamados no-lugares, “los nuevos entornos arquitectónicos, las oficinas, los centros comerciales, en su asepsia nos convierten en psicópatas” El escritor realiza en sus últimas novelas “una radiografía que trasciende a la aparente limpieza de esos lugares, para mostrar su lado más oscuro”.

Voluntariamente ballardianos

El adjetivo “ballardiano” ha entrado en el diccionario Collins para señalar “la modernidad distópica, los desoladores paisajes creados por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico” y son muchos los artistas y autores que se declaran seguidores del estilo y postulados del literato. “Aunque los rastros de su obra pueden verse profusamente en las artes visuales, hemos seleccionado una serie de creadores que se confiesan ballardianos”, esta selección de fotografías y videoinstalaciones firmadas por creadores como Ana Barrados, Ann Lislegaard y Michelle Lord cierra esta radiografía de un futuro muerto (probablemente de aburrimiento) antes de nacer.

“Abandoned and rusty car wreck in desert Tunisia, Chott el Jerid” de Sami Sarkis © Foto Sami Sarkis/Getty Images

Las claves del universo ballardiano

Las referencias autobiográficas. Más allá de obras que sólo pueden leerse en clave autobiográfica, como “El imperio del sol”, los diferentes contactos con la muerte a lo largo de su vida, incluyendo la de su esposa, constituyen puntos de inflexión en su obra literaria. Menos macabro, en su última novela,“Bienvenidos a Metro-Centre”, incluye una especie de chiste privado: un personaje describe al protagonista como “más allá de cualquier ayuda psiquiátrica”, descripción con la despacharon uno de sus manuscritos en una editorial.
Ciencia ficción introspectiva y el futuro de dentro de “cinco minutos”. El futuro que estamos creando ahora mismo interesa mucho más que lo que suceda en unos cientos de años. Ballard se vale del género literario para reflejar el presente y los mundos interiores, mediante herramientas como la influencia de su admirado surrealismo o el psicoanálisis. La psicopatología, la mente humana o los delirios surrealistas interesan mucho más al escritor que la conquista de nuevos mundos que parecía fascinar a sus colegas de género.
La catástrofe sin héroes. Ballard predijo algunos de los desastres ecológicos que ahora, si nadie lo remedia, tenemos a la vuelta de la esquina en, por ejemplo “El mundo sumergido” o “La sequía”. Por su parte, obras como “La isla de cemento”, cuyo protagonista queda atrapado en una extensión de cemento entre los carriles de una autopista durante días, se han calificado de “catástrofes urbanas”. Ante estos desastres, los personajes no se erigen como salvadores, simplemente tratan de sobrevivir y adaptarse a los cambios.
El fin de la emoción. En el prólogo a la edición francesa de “Crash” el propio escritor vaticinó “la muerte del afecto”. “La vida en el Occidente próspero tiene algo de desasosegante”, contó Ballard en una entrevista al diario argentino Clarín, “la suburbanización del alma avanza a un ritmo alarmante”, diagnosticó con acierto.
El sexo y la tecnología. En el controvertido grupo compuesto por el relato “Playa terminal” y las novelas “La exhibición de atrocidades” y “Crash”, considerado una suerte de duelo por su prematura viudedad, Ballard se vuelca en un lenguaje técnico, de un fetichismo tecnológico casi pornográfico con el que refleja el fin del afecto que se viven en entornos urbanas.
Los no-lugares. Ballard vive desde hace décadas en Shepperton, un suburbio londinense, rodeado de la autopista M25 (en una de sus salidas se sitúa el gran centro comercial, de su último libro) y cercano al aeropuerto. Sus novelas se desarrollan en este tipo de áreas urbanas clónicas, que se repiten en los alrededores de las ciudades de todo el mundo, como los aeropuertos, las autovías, los centros de negocios o las comunidades residenciales cerradas.
La violencia como reacción al aburrimiento. En la trilogía falsamente detectivesca de “Noches de cocaína”, “Super-Cannes” y “Milenio negro”, los habitantes de tres entornos contemporáneos condenados al sopor (el suburbio, el centro de negocios y la comunidad residencial) sólo se ven estimulados por explosiones estudiadas de violencia, “es lo único que puede aliviar la conformidad paralizante” de nuestros días, según declaró Ballard en una entrevista.
La clase media como nuevo proletariado. Que el plasma, el chalet adosado y la visita del sábado al museo (o al centro comercial, tanto da) no os engañen, parece advertirnos el autor inglés. La premisa de que las nuevas clases medias urbanas viven igual de atrapadas que los obreros de antaño (entre hipotecas, pagos diversos y compras aspiracionales, eso sí) es el punto de partida de la mencionada, por ejemplo, “Milenio negro”.
La única ideología que nos queda es el consumismo. El consumo se alza como único modo de vida. Los espacios que éste genera; la insatisfacción y nihilismo de los ciudadanos que esta manera de vivir provoca salpican su obra: lo vemos en el centro comercial, germen de un neofascismo consumista, de su última novela o los aburridos ingleses en sus chalets blindados en la costa española de “Noches de cocaína”.
La psicopatología como única forma de libertad. “La decisión moral más importante que podemos tomar”, declaró en una ocasión, “es el color de nuestro próximo coche”. La única autonomía posible está en nuestra mente. En una sociedad alienada esa idea abre la veda para infinitas patologías. “Es lo único que nos queda, la única libertad posible, y eso es un peligroso estado de la cuestión”

Tras los pasos de Ballard

La influencia del autor de “Noches de cocaína” se extiende más allá del género de la ciencia ficción y de las fronteras de la literatura anglosajona. Su descarnada visión de ese futuro inmediato y su prodigioso estilo hiperrealista han influido a numerosos novelistas. Sin ir más lejos, “todos los escritores de la llamada Generación Nocilla se han declarado ballardianos o deudores de su obra en mayor o menor medida” nos cuenta el comisario. De hecho, el autor cuyas obras precisamente han bautizado, para bien o para mal, a la nueva generación de narradores patrios, Agustín Fernández Mallo (autor de “Nocilla Dream” y “Nocilla Experience”) es uno de los invitados a las charlas sobre la influencia del autor que tendrán lugar en el marco de Kosmópolis.
Para Costa, la sombra del escritor inglés se proyecta también sobre el novelista norteamericano Chuck Palahniuk. La obra del autor de “El club de la lucha” o “Superviviente”, por ejemplo, “tiene ecos ballardianos aunque él trate en todo momento de distanciarse”. “Plataforma” del polémico Michel Houllebecq “podría ser una novela de Ballard de la última etapa”. No es para menos, ya que el libro del cínico autor francés parece reunir todos los ingredientes de sus obras, la dificultad para las emociones, el sexo bizarro como entretenimiento de una clase media desencantada, todo ello con un entorno 100% ballardiano: el complejo turístico del todo incluido, el oasis aséptico en medio de una mísera nada.
El escritor británico Toby Litt, que también participará en las ponencias dedicadas al autor en el festival Kosmópolis, confiesa que su obra “Muerte en directo” (que edita en nuestro país Tusquets) está influida por “Crash” y que “su análisis de la violencia y perversidad” parecían dominar en todo momento el pensamiento de este novelista. Litt cita asimismo las primeras obras de Paul Auster, deudoras por su “deliberado vacío ballardiano”. La lista se extiende si nos atenemos a compatriotas de J.G. Ballard, como David Mitchell (que ha firmado, entre otras “El atlas de las nubes”), Alex Garland (autor de “La playa”, que más tarde Danny Boyle llevaría al cine) o el novel Daniel Davies, cuya reciente obra “The Isle of Dogs” (inédita por el momento en nuestro país) debe leerse como una “actualización de Ballard premeditada”.
Al otro lado del Atlántico, Bruce Sterling nos confiesa (como lo ha hecho en numerosas entrevistas) que “hubiera escrito de una manera completamente distinta” sino hubiera conocido la obra de Ballard, sobretodo los cuentos cortos que considera “experiencias formativas”. En varias ocasiones, el autor ha hablado de los autores cyberpunk (subgénero de la ciencia ficción del que se considera uno de los fundadores con la compilación de relatos “Mirrorshades”, editada por el escritor tejano) como William Gibson o Lew Shiner, como fans de Ballard. “Siempre le hemos admirado. Nos contentábamos con elogiarlo, pero no nos atrevíamos a acercarnos a él”, nos cuenta Sterling por correo electrónico, “le teníamos demasiado respeto”.

escrito por Cristina Díaz a las 3:56 pm  

2 Comentarios »

  1. Felicidades, una excelente panorámica de un autor imprescindible. La buena ciencia-ficción no es escapismo sino advertencia de lo que nos puede deparar el futuro inmediato, son las Cassandra de nuestra era.

    Comment by miC. — 26 September, 2008 @ 5:18 pm

  2. […] Ballard http://www.cristinadiaz.net/?p=51 Tweet This entry was posted in .. Bookmark the permalink. ← […]

    Pingback by El salvaje metropolitano | Texto casi Diario — 7 February, 2015 @ 8:20 pm

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