Saturday, October 4, 2008

La nueva realeza

“Siren”, la escultura en oro macizo de Marc Quinn que forma parte de la exposición del British Museum “Statuephilia”

El poder y la presencia de los famosos se extiende peligrosamente hacia una nueva área de influencia: el arte. Lejos de las resonancias pop de otros tiempos, las celebrities toman de nuevo los museos con la pompa que otrora tuvo la nobleza. Esta vez, sin rastro de ironía.

El mismo día que este artículo llegue a los quioscos, se estará desvelando en Londres uno de los misterios mejor guardados de la nueva temporada artística. Con la inauguración de la exposición Statuephilia podrá verse por fin la escultura de oro macizo de Kate Moss (literalmente, “su peso en oro”, puesto que la estatua pesa aproximadamente 50 kilogramos) del británico Marc Quinn.

La muestra, organizada por el British Museum, mezclará obras de creadores contemporáneos con la colección permanente del museo. La nómina de artistas incluye, entre otros, a Damien Hirst o Ron Mueck aunque los medios han dedicado mucha más atención a la obra de Quinn; desde que se “filtrara” la imagen del rostro de la mini-modelo inmortalizado en el precioso metal. Mientras, el New Museum de Nueva York presentará la próxima semana Live forever, una gran exposición con más de un centenar de óleos de Elizabeth Peyton. De carácter intimista, sus pinturas recogen por igual episodios de su vida personal como retratos de sus héroes. Así, por las salas del centro “pasearán” figuras como Kurt Cobain, Matthew Barney o Marc Jacobs.

Valores ¿eternos?

Son sólo dos de los muchos ejemplos del reciente interés del arte contemporáneo por las celebrities. Eso sí, se adentran en los museos por la puerta grande, de la mano de creadores de currículo intachable y no, como en otros tiempos, por la entrada de servicio de la ironía pop. En las mencionadas exposiciones, de acuerdo con los comisarios, los famosos vienen a encarnar emociones universales y se emparentan con los grandes maestros de la pintura europea o la Grecia clásica. Ahí es nada.
Algo así viene a decir uno de los comisarios de la muestra del British Museum, James Fox, que nos atiende por teléfono durante el montaje de Statuephilia. “La escultura de Quinn habla de la belleza, de la feminidad, pero también de la celebridad y la vanidad como valores contemporáneos. Es una pieza hermosa, quizá una de las mejores de este artista”, cuenta emocionado el curator. “La idea de la exposición es mezclar obras actuales entre las galerías de arte antiguo del museo. Siren”, que es título real de la escultura, “está situada junto a la sala del Partenón, templo que contenía también una estatua de oro”, cuenta Fox refiriéndose a la gran Atenea hecha con este preciado material y marfil que reinó en la Acrópolis hace más de dos mil años. No es esta la primera vez que la modelo es objeto de este tipo de comparaciones y, sin ir más lejos, la documentación del museo en torno a la exposición la define como “icono de la belleza contemporánea y Afrodita de nuestros tiempos”. “La obra de Quinn está hablando sobre nuestra sociedad, obsesionada con la apariencia, la riqueza y la fama”, diagnostica el comisario.

El retrato puesto al día

Similares argumentos esgrimieron la pareja de artistas Douglas Gordon y Philpp Parreno cuando hace dos años decidieron que el héroe contemporáneo, quintaesencia de nuestros deseos y aspiraciones, no era otro que el futbolista Zinedine Zidane. “No es un vídeo sobre un deportista”, nos cuenta Agustín Pérez Rubio, conservador jefe del Musac (León), museo que coprodujo la obra y que ha contado con otras intervenciones dotadas de cierto glamour, como la de Hedi Slimane (ex-director artístico de Dior Homme y, en un abrir y cerrar de ojos, creador requerido por museos y galerías).
“La videoinstalación”, continúa el comisario, “es una reflexión sobre cómo sería un retrato de nuestra época, de ahí que se eligiera al futbolista: atleta, ídolo de niños, de orígenes humildes, hombre hecho a sí mismo, atractivo…”. Tras elegir al protagonista, lejos de intentar entender qué es un fuera de juego, los artistas enfilaron hacia el Museo del Prado a documentarse. “Les interesaron todos los retratos de artistas como Zurbarán, Ribera, Velázquez. La forma cómo estos maestros conseguían identificar al personaje con su época, cómo los retratos trascendían más allá del personaje para mostrar a toda una sociedad”, explica Pérez Rubio.

Irreprochable trayectoria

Gordon y Parreno no han sido los únicos en explorar cómo debía reinventarse el retrato en la era digital. El mismísimo Robert Wilson (vanguardista director de escena, coreógrafo y dramaturgo, por citar algunas de las actividades de su amplio currículo) lleva varios años desarrollando unos “cuadros vivos” donde retrata a celebridades, animales, gente anónima y, en general, a cualquiera que pueda pagar los 150.000 dólares que cuesta el retrato. Son los llamados VOOM Portraits, un proyecto patrocinado por una red de canales de televisión en alta definición que, con este encargo, pretendía popularizar las bondades de esta tecnología. Con esa cantidad, una fruslería comparada con las cantidades que se manejan actualmente en el mercado del arte, uno puede quedar inmortalizado en vídeo (escala 1:1) en pantalla de plasma y con banda sonora de Philip Glass, Marianne Faithful o Bernard Herrmann, entre otros. En definitiva, la compañía (que llevará su exposición a las salas de exposiciones municipales Valladolid la próxima primavera) ofrece ver nuestra estampa mezclada en un irresistible entramado de exquisitas referencias hi-brow. Todo ello a tan sólo un golpe de Visa de distancia. Como reza el anuncio, “no tiene precio”.

Famosos como cebo

En una entrevista reciente, el dramaturgo confesó que empezó inspirándose en los retratos que realizó Andy Warhol a la alta sociedad neoyorquina, pero pronto se decidió por echar mano de las técnicas de los retratistas clásicos norteamericanos, como John Singer Sargent. Ese sería el principio de un juego de citas con la pintura antigua y el arte moderno de estos retablos vivientes donde, de manera gratuita, participaron Brad Pitt, Isabella Rossellini, Jeanne Moreau o Winona Ryder, entre otras estrellas de cine. Actores y actrices sirvieron como cebo para que princesas, herederas y millonarios de todo signo (Farah Diba, la princesa Ingeborg von Schleswig-Holstein o Carolina de Mónaco) hicieran cola para sudar bajo los focos en los largos y complicados rodajes de Wilson.
Igual que sucedió en el Renacimiento, cuando la recién nacida burguesía busca equipararse a la nobleza gracias al talento de un gran artista; de la misma forma que los pintores de la Corte creaban idealizadas estampas de la familia real en la época barroca; una amalgama de poder, vanidad y búsqueda de trascendencia se une al deseo de los artistas de captar a los personajes y su época (y, según los casos, otras tantas dosis de dinero y notoriedad). El resultado de la ecuación es esta nueva “corte” donde la realeza no gobierna, sino que rueda películas, diseña leggins o desfila en Nueva York.

Paisaje mediático

Más intimista parece ser el acercamiento que, a ambos lados del océano y con técnicas distintas y más o menos polémica, realizan artistas como Elizabeth Peyton o Stella Vine. La primera fue una de las voces innovadoras que durante la década pasada reivindicó la figuración pictórica (en la época del vídeo y la instalación, la pintura era una técnica trasnochada de la que huían los artistas jóvenes). Como Wilson, la obra de Peyton tiene a Sargent o Manet como referentes que, en sus lienzos, dejan entrever asimismo la melancólica influencia de Alex Katz. Guiada por un interés en captar la esencia de su época, la pintora empezó por retratar a las figuras que representaban las culturas juveniles, famosos y creativos que, con el tiempo, llegaron a formar parte de su vida privada.
Ese mismo acercamiento, desde lo privado, hace la artista Stella Vine, que la próxima semana estará regalando (literalmente) sus obras junto a otros artistas en la Free Art Fair (Londres). Ex-stripper, autodidacta, fraude o salvadora del arte británico (según el crítico y medio que se consulte), Vine lleva años pintando con su estilo naïf a celebridades como la princesa Diana de Gales, Pete Doherty o, de nuevo, a Kate Moss. “No intento hacer una lectura sobre el fenómeno de la fama”, nos cuenta por teléfono desde su estudio londinense, “aunque siempre parto de alguna imagen procedente de las revistas, de los medios de comunicación”. Ese es el punto de partida siempre y cuando, puntualiza, conecte de alguna forma con su mundo interior: “A veces me interesa una determinada expresión, los colores de la fotografía, pero en otras ocasiones el personaje me recuerda a alguien cercano o siento auténtica empatía con esa figura”. Es el caso, continúa la artista, de la actriz Sadie Frost, que ha pintado en numerosas ocasiones porque le recuerda a su madre, o Diana de Gales, cuyo retrato adquirió en 2004 el coleccionista y galerista Charles Saatchi lanzándola a la fama, y que para ella “representaba una mujer que necesitaba ser querida y que fue capaz de romper reglas para conseguir algo que no se esperaba de ella”.
Pero, ¿estamos en un estadio tan avanzado de “famositis” que necesitamos una celeb para reconocer gestos heroicos, personalidades controvertidas o melancólicas reflexiones sobre la vida? De vuelta al Museo Británico, nos dan una respuesta. “Esa obra”, la dorada Kate, “tiene todo lo que atrae a la audiencia en estos momentos: es arte contemporáneo, representa a una celebridad y está hecha de oro” (?), resume tajante Fox. “Obviamente hay también una estrategia de comunicación por parte de los centros, que consiguen así atraer a un público nuevo” Y es que al parecer, las grandes cuestiones de la existencia, como las cremas y los bolsos, entran mejor con una cara conocida.

escrito por Cristina Díaz a las 6:55 pm  

1 Comentario »

  1. Eres una crack!

    Comment by costabravismo — 23 October, 2008 @ 2:05 pm

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