Saturday, November 29, 2008

¡Marchando una de 0 positivo!

“No desearás (pimplarte) al vecino”, la moral tradicional choca con los vampiros en pleno outing en True Blood, la nueva serie de Alan Ball.

Llega a nuestras pantallas True Blood la esperada nueva serie del creador de A dos metros bajo tierra. Una producción de vampiros que mezcla en su trama el terror y humor (y no poco sexo y violencia). En un pequeño pueblo donde los no-muertos no son, ni mucho menos, los personajes más extraños.

“¡Pago mis impuestos y exijo tener los mismos derechos que el resto de ciudadanos!”. Hemos oído frases similares en centenares de películas y series de televisión de la mano de minorías de todo tipo intentando integrarse. Pronto las escucharemos de una centenaria minoría. Un grupo muy especial de colmillos afilados y peculiares aficiones gastronómicas. Ese es el entorno que plantea la nueva producción de Alan Ball, que llega a nuestras pantallas gracias a Digital +. True Blood imagina un presente alternativo donde los vampiros no sólo existen, sino que han salido del armario (bueno, del ataúd) viven su vampírica condición libremente y se mezclan con la “gente normal”, gracias al descubrimiento en Japón de Tru Blood, una sangre sintética con la que pueden sobrevivir sin lanzarse al gaznate del prójimo (el conflicto vendrá de los que no quieren renunciar al placer de, digamos, la versión orgánica).

Claro que, igual que ha sucedido con otros movimientos de liberación, no es lo mismo ser vampiro en una gran ciudad que en un recóndito pueblo del sur de Estados Unidos. Y, precisamente es ahí, en un pueblecito llamado Bon Temps, Louisiana, donde los mortales “de toda la vida” entrarán en conflicto con sus centenarios y no-muertos nuevos vecinos.

De los muertos a los no-muertos

Los fans de “A dos metros bajo tierra” que se acerquen a True Blood esperando ver existencialismo, emociones reprimidas, personajes torturados y, en general, todo el drama que rodeaba a la familia de funerarios Fisher, se va a llevar una decepción. En cambio encontrarán sangre a raudales y las habituales dosis de sexo y violencia “adultos” de las producciones de HBO, todo ello sobrevolado por un humor tan sutil como socarrón. Pero, ¿cómo se pasa de una serie grave donde las haya a una producción de género, bastante sui generis, eso sí, sin volverse loco? Alan Ball lo cuenta en conversación telefónica desde Londres, donde se enfrenta a la maratoniana promoción europea de True Blood. “El final de A dos metros bajo tierra fue un auténtico duelo para todos los que participábamos. Durante los últimos meses de producción hubo lágrimas y el equipo sentía que realmente estaba perdiendo algo”, por esta razón, cuenta Ball, “mataron” a uno de los protagonistas (no queremos estropearle el final a nadie) antes del último capítulo. “Los episodios finales, donde vemos el luto de familia, fueron como un duelo colectivo para todos nosotros”. Reconforta saber que no sólo medio mundo acabó llorando a moco tendido con los Fisher, sino que incluso los creadores derramaron varios lagrimones al finalizar la serie que marcó un antes y un después en la televisión.
Pero la vida sigue y qué mejor que seguir hablando de la muerte para encarar otro proyecto. Ball se ríe al otro lado de la línea telefónica “Todo fue muy casual. Tenía una cita con el dentista y me sobraba tiempo. Entré en una librería y estuve buscando algo para leer, para matar ese rato. Fue cuando dí con los libros de Charlaine Harris. En la solapa de uno de ellos se podía leer ‘Tener un novio vampiro quizá no fue tan buena idea’ La frase llamó mi atención y compré el libro y luego me vi devorando las tres primeras entregas”. El guionista y productor se refiere a la serie de libros “The Southern Vampires Mysteries” en la que está basada “True Blood”. Por cierto, ojalá todas las visitas al dentista fueran tan productivas. “No soy ni mucho menos un admirador del género gótico. Lo que me sedujo de estas novelas fueron sus personajes”, continúa Ball. Y es que True Blood, aunque no tiene nada que ver con el resto de su filmografía, continúa con el sello Alan Ball de serie coral, con personajes complejos y bien construidos que él mismo se encargó de escribir.

Damiselas telépatas y novios centenarios

Bon Temps es un pueblucho sureño. Una población minúscula, lejos de cualquier gran ciudad, donde todo el mundo se conoce y cotillea. Un paisanaje de paletos, alcohólicos, devotos religiosos, ex-combatientes de la guerra de Irak notablemente tocados por la experiencia y un sinfín de personajes de la América profunda poco dados a “aceptar la diferencia”. En ese entorno destaca Sookie Stackhouse, una camarera en uno de los bares de carretera que son la única forma de ocio del lugar. Una camarera, eso sí, que puede oír los pensamientos ajenos, lo cual la hace especial (es decir, “retrasada” o “chalada”). El encuentro con un apuesto vampiro (cuyos pensamientos no puede oír, para tranquilidad de nuestra virginal heroína) y una serie de crímenes relacionados con estas normalizadas criaturas de la noche centra la primera temporada de la serie (que finalizó recientemente en Estados Unidos, donde el público espera la segunda), donde el resto de habitantes de Bon Temps jugarán un papel igualmente destacado.
Como fundamental es el entorno tan poco urbanita y cool, algo que, de hecho, se está extendiendo en las series recientes, donde los suburbios, los trailers parks y la llamada “basura blanca” está sustituyendo a las grandes ciudades como escenario. “Lo que me gustó de este proyecto, comparándolo con las novelas de Anne Rice (la autora de “Entrevista con el vampiro” y demás “Crónicas vampíricas”), es que se enmarcan estas ciudades pequeñas, donde la gente vive en caravanas. Ni siquiera es Nueva Orleans, con su grandeza y su encanto europeo. Son poblaciones minúsculas, de rednecks”, lo dicho, paletos, “donde la gente conduce camionetas y va a WalMart a comprar. Realmente, no hay mucho más que hacer en el pueblo de “True Blood.”

Serpientes en la iglesia

Más allá de este entorno social, el sur de Estados Unidos es un lugar misterioso y de contrastes de sobras conocido para Alan Ball. “Crecí en una ciudad pequeña cerca de Atlanta. Y, realmente, existe eso que se llama ‘gótico sureño’. La gente del sur lleva mucho tiempo en América, hay un mundo antiguo y una cierta estética en la sociedad sureña. Hay muchísimos racismo, linchamientos. Por supuesto, hay un gran fanatismo religioso. Por ejemplo, hay iglesias donde la gente aguanta serpientes venenosas durante la misa, para demostrar que están llenos del espíritu de Dios y que el animal no les va a picar por ello. No se me ocurre nada más gótico que eso. Te encuentras cosas locas, muy locas en esos estados”. A esa atmósfera contribuye el paisaje mismo del sur, donde un cementerio o una silueta solitaria en la noche, quedan que ni pintados. Ball es consciente de ese paisaje y lo explota en la serie: “Son estados húmedos y pantanosos, con una naturaleza exuberante, que está muy presente. Así que no me extraña que exista el gótico sureño”. Ese entorno de tensión racial, de cultos religiosos africanos importados de los tiempos de esclavitud, pero también de pobreza e incultura, se refleja perfectamente en los títulos de crédito (otra marca de la casa), tan perfectos e inquietantes como los de A dos metros bajo tierra: mesas de billar en bares de carretera que se convierten en improvisado escenario de sexo desangelado, inocentes niños ataviados con las caperuzas del Ku Kux Klan, plantas carnívoras engullendo ranas, acelerados bautismos y trances religiosos o animales atropellados en cunetas de carreteras dejadas de la mano de Dios son algunas de las lindezas que desfilan ante nuestros ojos en esta auténtica obra maestra del género.

¡Ay, las metáforas!

Otra de las señas de identidad de Alan Ball es la presencia de personajes homosexuales sumamente bien trazados. Probablemente a su pesar, el guionista y director se ha convertido en emblema del colectivo en Hollywood y los exégetas de su obra no han tardado en ver el outing de los vampiros y los prejuicios y temores que generan en los más cortos de miras un símil de la lucha por los derechos gays. “Eso sería lo fácil”, contesta Ball, que incluso desde el lejano Londres, se puede notar que está un poco harto de la preguntita de marras. “Lo que me gustó de los vampiros es que es un metáfora muy fluida. Por un lado, pueden servir como símbolo de cualquier grupo minoritario al que se le teme, ya sean afroamericanos, homosexuales, incluso los inmigrantes hace unos años. Pero también pueden ser un símil de una sombra, una organización secreta que si no encuentra una forma de conseguir lo que quiere, te matará. Y en ese sentido puede funcionar como una metáfora de la administración Bush, por ejemplo, de Al Qaeda”. Ball, cuyos filmes y series esconden no pocos y complejos niveles de interpretación, rechaza de plano estas visiones simplistas. “No me gusta esa idea de que la serie tenga un mensaje único. Me gusta que todo sorprenda, que haya un personaje que nos encante y con el que nos identifiquemos mucho y, de repente, haga algo horrible. En esas contradicciones está la humanidad de los personajes y eso fue lo que me interesó de estos libros y lo que trato de mostrar en la serie”. Y es que en True Blood, los vampiros no son precisamente los que hacen las cosas más raras, ni los mortales son un dechado de virtudes. Como la vida misma. Sólo que con más sangre. Mucha más.

escrito por Cristina Díaz a las 7:39 pm  

1 Comentario »

  1. Excelente artículo, Cristina.

    Comment by fp — 9 June, 2009 @ 8:35 pm

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