Saturday, January 17, 2009

¡Llega el Warhol japonés!

Fragmento de Zuzazazazaza, una de las obras de Takashi Murakami que puede verse en el Museo Guggenheim de Bilbao.

El creador que ha dinamitado las fronteras entre arte, moda y cultura pop, desembarca en el Museo Guggenheim de Bilbao el próximo mes de febrero. Con él, llegan los personajes de cómic, las flores sonrientes, los bolsos Vuitton y demás alegre iconografía que lo ha convertido en el artistas más influyentes de la actualidad.

El título habla por sí mismo: © Murakami. El artista convertido en una marca registrada que alterna el Arte (con mayúsculas) y el merchandising (con pátina y precios de lujo, eso sí), por voluntad propia y sin rastro de resquemor. Esa ha sido la gran estrategia de Takashi Murakami (Tokyo, 1962) más que para sobrevivir, para describir el mundo del arte en la actualidad, alejado a estas alturas de la bohemia de otras épocas. Educado en el arte tradicional japonés, el creador ha luchado durante toda su trayectoria por hacer permeables hasta confundirse los ámbitos de la alta cultura y las aportaciones de la ingente cultura popular nipona de las últimas décadas. O lo que es lo mismo, fusionar la pintura y la escultura con fenómenos juveniles como el manga y el otaku.

La evolución de este artista, desde sus primeros coqueteos con la noción de arte comercial a las legendarias colaboraciones con Louis Vuitton, pasando por sus conjuntos escultóricos con resonancias del mundo del cómic, los filmes de animación y hasta sus nuevas e inéditas aventuras en la abstracción, llegan en una de las grandes muestras que no hay que perderse en este recién estrenado 2009. La exposición se presenta como un recorrido cronológico por el trabajo de este influyente artista, trazando un diálogo con la peculiar arquitectura del edificio de titanio de Gehry. La muestra se abre con sus primeras obras (cuando se apropia del logotipo de la marca Tamiya), reúne algunas de sus primeras piezas escultóricas como Hiropon, potentes conjuntos de esculturas como “Segunda Misión” o el impresionante “Oval buddha”, una figura de un metro y medio realizada en plata para finalizar con las nuevas investigaciones del artista, en forma de animación o pintura abstracta.

Poku y superflat

“Murakami mezcla multitud de influencias distintas en su trabajo, el arte tradicional japonés, el occidental pero también los fenómenos pop, todo con una idea clara: diseccionar las claves de la sociedad japonesa actual”, nos cuenta Miguel López-Remiro, subdirector de Curatorial del centro bilbaíno que ha coordinado la itinerancia de esta gran muestra que llega tras itinerar por el MoCA de Los Angeles (cuyo comisario jefe, Paul Schimel está destrás de la retrospectiva), el museo de Brooklyn y el de arte moderno de Frankfurt.
Con la firme intención de hacer “borrón y cuenta nueva” con la tradición artística nipona, Murakami se fija en las nuevas subculturas que emergen en los 70 en la isla y las incluye en su trabajo. Nace el Poku, “palabro” de su invención que viene de la suma de pop y otaku, en referencia a la corriente de los años 60 de introducir objetos de consumo en las obras artísticas y al movimiento de fanáticos extremos del manga y demás géneros de la animación nipona, respectivamente. “La noción de poku habla del apropiacionismo de esta cultura estética, llevada a la categoría de arte”, nos cuentan desde el Guggenheim, una apropiación, eso sí “elevada al cubo”, ya que no se cogen objetos populares y se plasman en una obra, como hacían los artistas pop de los sesenta, sino que sirve de base para desarrollar un universo visual.
La afición de Murakami a crear buzzwords (neologismos más o menos cool) para definir su trabajo no acaba ahí. El japonés acuñó “superflat” (superplano, que fue también el título de la exposición de arte japonés que el propio Murkami comisarió en 2001 para el MoCA de Los Angeles). “Este adjetivo hace referencia a la bidimensionalidad que reside en la tradición estética japonesa y en los movimientos posmodernos”. Esas referencias se traducen en “lienzos de colores planos, estética manga, los personajes que parecen extraídos de cómic. Además, en sus cuadros nunca veremos tres dimensiones. Desaparece la perspectiva para encontrarse en un único plano”. Aunque superflat también hace referencia a un proyecto teórico “Murakami quiere derribar las fronteras entre alta y baja cultura. Es un proyecto ambicioso, quiere hacer tábula rasa e igualar capas de cultura”.
Desde el museo nos advierten: eso no significa que su obra sea “superplana” en el aspecto conceptual. “Obviamente, la obra de Murakami es muy atractiva. Su poderío visual, la potente carga cromática puede hacer que nos quedemos en la superficie. Pero hay una capa de contenido más profundo que no debemos pasar por alto. En su obra podemos ver algunas claves de la sociedad japonesa, como el trauma que deja la Segunda Guerra Mundial, con las bombas atómicas, la ambivalente relación con Estados Unidos, la llegada de la cultura de masas y el hiperconsumo”.

¿Y si Warhol fuera de Tokio?

Eso proyecto de mezclar el arte que cuelga en museos con la ropa que pende en las tiendas, referirse a un determinado movimiento social relativamente marginal, pintar cuadros como si de viñetas se tratara, alternar con estrellas y aspirar a la comercialización de su obra, recuerda a otro artista. Un tal Andy Warhol. El deja vú que nos produce es del todo lógico y las comparaciones con el tipo de la peluca nacido en Pittsburgh no tardan en llegar. “Es una comparación muy frecuente porque ambos autores aniquilan jerarquías y pusieron de manifiesto la relación entre el negocio y el arte” y López-Remiro cita un texto del sociólogo y estudioso de las subculturas Dick Hebdige donde alude a cómo ambos artistas “aplastan el plano pictórico figurativo” (realizan pinturas “superplanas” cada uno es su estilo), mezclan “arte elevado/arte popular, objeto artístico/bien de consumo y mundo del arte/mundo de la moda”, todo ello al servicio de “la proyección global y la promoción de elementos del gusto del urbanita exótico”. Y es que para este teórico, seducir a la caterva de sofisticados yonkis del Nueva York de los setenta en un caso, y a fans del manga y jovencitas de Shibuya ávidas del enésimo bolso de lujo en otro, esconden idénticas estrategias propias de las marcas.

Empresa multifunción

Y como toda marca que esconde una gran empresa detrás, “Murakami TM” no iba a ser menos. Una compañía acorde con los tiempos. Si Warhol construyó su Factory, que tenía más de performance y fiesta sin fin que de la engrasada máquina productiva a la que se hace honor su nombre, en referencia a la industrialización de la triunfante norteamérica de después de la Segunda Guerra mundial, Murakami se fija en las estructuras de las corporaciones actuales para su, digamos, razón social. Kaikai Kiki Co. Ltd. Es una empresa en toda regla que una acción artística. “Es un auténtico negocio, que da empleo a una plantilla, crea y distribuye productos, tiene un departamento financiero, y demás elementos propios de una compañía normal”. Kaikai Kiki Co. Ltd. se desdobla como negocio por el que vende reproducciones de sus esculturas en tiendas de “action figures” de manga, estampa las sonrientes margaritas en zapatillas y gorras, produce filmes de animación, pero también videoclips (por ejemplo, la reciente colaboración con el rapero KanYe West), o realiza las consabidas colaboraciones que le han hecho popular más allá de los muros de los museos. La firma tiene su sede central en Long Island (Nueva York) y, recientemente, ha inaugurado una sede en Los Angeles, con el objetivo de acercarse a Hollywood y potenciar las producciones de animación. Aunque la empresa también funciona como “cantera” para jóvenes creadores japoneses (con Aya Takano, Rei Satō y Chiho Aoshima, entre los más conocidos) e incluso como dinamizadora del arte asiático ya que también organiza, desde 2002, la feria bianual Geisai.

Con Vuitton hemos topado

A pesar de su irreprochable calidad artística, el prestigio de Murakami llega precisamente de esta vertiente más comercial de su trabajo. Y es que son muchos los que empezaron a oír hablar del artista japonés a partir de su colaboración con Louis Vuitton. Parte de la estrategia de Bernard Arnault (el magnate que desde el conglomerado LVMH mueve los hilos de algunas de las firmas más conocidas del sector) para rejuvenecer y popularizar los bolsos de la casa centeneria; y de la mano de su director artístico, Marc Jacobs, el artista japonés ha rediseñado en varias ocasiones la conocida lona Monogram (el tejido marrón con el anagrama LV) salpicándola de sus conocidas flores, cerezas o en sus versiones más recientes, haciéndola multicolor o con los motivos de la tela de camuflaje. La simbiosis entre empresa y artista (¿o deberíamos decir entre empresas?) es tal que “© Murakami” incluye una muestra de este proyecto a dos bandas. “Se ha incluido la instalación de vitrinas con los diferentes modelos creados para la marca francesa”, nos cuenta López-Remiro que advierte que no hay que verlo como una concesión al dueto arte-moda, ahora notablemente tocado por la crisis, sino una extensión más del “intento del artista en acercar lo alto y lo bajo del espectro cultural”. Tanto es así, que las iniciales de la firma se extienden hasta una serie de pinturas “donde el artista se apropia del estampado monogram en un juego de espejos entre qué es obra de arte y qué es objeto comercial”. Es decir, una confusión que resulta Murakami en estado puro.

escrito por Cristina Díaz a las 4:04 pm  

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