Tuesday, April 14, 2009

Primavera quinqui

El cártel de “advertencia” que precedía a las películas sobre quinquis que proliferaron en los años 80 en España. Una exposición en el CCCB reflexiona ahora sobre ese cine de la marginalidad y el extrarradio.

La exposición “Quinquis de los ochenta” parte del cine de pandilleros para hacer una radiografía a la sociedad que hizo de delincuentes como el Vaquilla o el Torete héroes nacionales.

Macarras de indudable silueta “yonki” dando tirones a los bolsos de marujas. Pandillas de extrarradio reunidas frente a unos recreativos. Seat 131 abandonados en solares. Hace apenas veinte años hubo una ciudad distinta, una Barcelona que no era la mejor tienda del mundo. Esa Barcelona gris, de chabolismo y bloque de pisos (“infraviviendas” en eufemismo de urbanista posolímpico), con banda sonora de cassette y rumba con sintetizador chusquero, tuvo por hijos a unos ladronzuelos de medio pelo, quinquis inmortalizados en el cine y las crónicas (rosa y negra) de la prensa de entonces. Sólo dos comisarias atípicas como Mery Cuesta y Amanda Cuesta, sin más parentesco que su afición por las propuestas artísticas provocadoras, podían desenterrar ese cine y esos personajes y hacerlos objeto de una gran exposición que disecciona la estética de los delincuentes juveniles y la cultura que emergió a su alrededor. Es la propuesta de “Quinquis de los ochenta: cine, prensa y calle” que se inaugura el próximo mes de mayo en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona.

Fascinación y canon quinqui

“La idea nace hace cuatro años, hablando con Amanda sobre la fascinación que provoca la figura del quinqui, ese tipo de pantalón apretando y chandal. Es un estilo muy castizo, que sólo se da en nuestro país durante un determinado espacio de tiempo”, nos cuenta Mery Cuesta en la cafetería del impoluto centro cultural, “conocíamos las películas que se habían realizado en torno a los quinquis y pusimos en marcha la exposición”. Todo parte de poco más de una veintena de películas que durante los ochenta narraron “casi a tiempo real”, en palabras de la comisaria, la vida de estos chorizos. Todo ello con ritmo acelerado, factura algo cutre y jerga carcelaria que popularizó expresiones como “talego”, “caballo” o “buco” más allá de las fronteras de lo marginal. “Estas películas son un síntoma social, intentan retratar lo que sucede en las calles en ese mismo momento: la delincuencia, la violencia, la droga. Es un cine muy explícito y transgresor en el tratamiento de temas como el consumo de drogas o las relaciones sexuales. En cierta manera se quiere mostrar como se sentía la ciudadanía en aquella época”.
De las 22 películas que conforman el canon del cine quinqui, las comisarias señalan dos directores como autores fundamentales del género, con visiones que, desde Madrid y Barcelona, no podían ser más opuestas. “Eloy de la Iglesia y José Antonio de la Loma son los dos directores más importantes. El primero habla desde dentro, como toxicómano y homosexual que alternaba con este tipo de personas y quiere saber qué sucede y, en cierta manera, documentarlo”. Al otro lado del arco ideológico está de la Loma. “Discípulo de Ignacio F. Iquino” (prolífico realizador español asociado al régimen franquista que, en los años 70 rodó algunas truculentas películas propagandistas como “Aborto criminal” o “Los violadores al amanecer”), “tiene un enfoque más paternalista. Adopta un tono de explotaition, donde la vocación de denuncia es en realidad una excusa para mostrar sexo y depravación”

Chabolismo vertical

Títulos como “Navajeros”, “Perros callejeros” o “Colegas”, presentes en la muestra a través de proyecciones y documentación gráfica original (fotocromos, pósters, etc), tienen idéntico escenario: “El barrio periférico, que es el origen de toda esta situación. En la época se demolieron asentamientos enteros de chabolas y se realojó a la población en la periferia, en bloques de pisos que acabaron por configurar una especie de “chabolismo vertical” ya que la situación social de los habitantes no mejora”. La periferia se convierte en caldo de cultivo para el surgimiento de estos quinquis que el cine inmortalizaría y convertiría en figuras públicas de la España de la transición.
La exposición, que pese a partir del cine se ramifica en diferentes aspectos sociales ligados al mundo quinqui, dedica un espacio a “tres casos de estudio de barriadas” nacidas en el extrarradio de Barcelona, Madrid y Bilbao. La degradación de barrios como la Mina, San Blas y Otxarkoaga , respectivamente, podrá verse en grandes fotografías que comparan la situación actual a la vez que imágenes de la época y reproducciones de los planos urbanístico muestran el trasfondo político de estas operaciones. “Son unas planificaciones urbanísticas completamente deshumanizadas. Y se reubica a la población en unas condiciones penosas, a veces sin los servicios básicos. Muchos jóvenes nacen allí y, con el desempleo y la entrada de las drogas no tienen más dedicación que la de holgar”, explica Cuesta.

Escapismo y futbolines

Nuevas formas de ocio nacen ligadas a estos espacios. La pandilla y los recreativos, son las compañías y espacios que habitan estos quinquis. El corazón de la exposición será una reproducción de este nuevo lugar de encuentro, donde además de juegos de la época (futbolines, pinballs, arcade, etc.) a disposición del visitante, habrá cuatro peep shows con fragmentos de películas en torno a las preocupaciones de los quinquis, donde la droga gana terreno a otros pasatiempos más inocentes. “La heroína tiene un papel fundamental en todo este fenómeno. Aparece como forma de evasión básica en un momento de gran inocencia, no se conocían las consecuencias del consumo. Empieza como forma de escape para acabar siendo el motor de la delincuencia. Esto puede verse en las estadísticas de los robos a farmacias que empiezan a ascender en 1983 y que tienen relación directa con el consumo de drogas”, explica la comisaria.

‘Yonkis’ en la tele

Otro de los aspectos que se trata en , casi un descubrimiento casual a lo largo del proceso de investigación, es la evolución de la prensa durante esa época. “El quinqui va pasando de la crónica de sucesos a la prensa del corazón. De “El Caso” en los primeros años a varias series por entregas en “Pronto” en 1985, donde siguen las vivencias de, por ejemplo, el Vaquilla en una especie de folletín tipo “así se hicieron delincuentes”. La vida del quinqui, con una narrativa mitológica que caída, detención y, en algunos casos, redención (en otros, muerte truculenta, para morbo y aleccionamiento moral del público), se hace un icono mediático cuyo seguimiento continúa en la actualidad a través de foros y páginas en Internet. “Los medios acogieron esta mitología como auténticos buitres”, dispara Cuesta. “El caso de Sonia Martínez, la presentadora de Dabadabadá y protagonista de “Perras Callejeras” es un caso paradigmático a la que hemos dedicado un espacio destacado en la exposición”.
Todas estas escenas, la intervención de Sonia Martínez en el concurso “3×4”, la detención “en directo” del Vaquilla, la fantasmagórica silueta de los heroinómanos tiene algo de ruido de fondo (u objeto de fascinación o miedo, según los casos) de nuestra infancia. Y es que Mery Cuesta no niega una evidente “óptica generacional” en “Quinquis de los ochenta”. “Está dirigida a un público de entre 24 y 40 años. Quizá fuera de estas edades, los visitantes se cuestionarán si este cine merece realmente una exposición”, tal y como le sucedió a las comisarias cuando solicitaron copias de las películas a la filmoteca. “Pero intentaremos que sea muy didáctica y que sirva para entender una determinada época de nuestro país”. Un tiempo con menos brillo y disseny que, pese a los cambios, no es ni mucho menos tan lejano.

escrito por Cristina Díaz a las 1:13 pm  

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