Friday, March 19, 2010

Las penas y alegrías de trabajar por cuenta propia


Hacer la colada, lo más parecido a hablar junto a la máquina de café para los trabajadores autónomos. Imagen de 7-how-7

Tomar la decisión de ser freelance, y más en los tiempos que corren, no es fácil. También los trabajadores de la cultura se enfrentan a este dilema. G+C se plantea las ventajas e inconvenientes de independizarse en lo profesional y explica los pasos lógicos antes y después de tomar esta decisión.

A estas alturas, nadie se rasgará las vestiduras si decimos que el mundo del arte y el resto de sectores avanzan de la mano en cuanto a cuestiones económicas y condiciones laborales. Por los otrora templos de la cultura campan, como en cualquier otra empresa pública o privada, la subcontrata y la externalización (y, en más ocasiones de las que nos gustaría, la precariedad). Aunque esta afirmación cae por su propio peso, puede comprobarse empíricamente charlando con amigos “del ramo” o con una atenta mirada a nuestra nómina (si la hubiera). Los centros de arte y cultura, los museos, las fundaciones, como cualquier otro negocio cuentan cada vez más con colaboradores externos que, muy a menudo, les dotan de contenidos a tanto por proyecto.
No quisieramos enarbolar aquí la bandera liberal de la flexibilidad, pero está claro que, viendo el vaso medio lleno, estas estructuras (¿desestructuraciones?) hacen que los centros sean permeables a propuestas externas y permitan que jóvenes gestores consigan meter un pie en instituciones que, en otra época, serían del todo inaccesibles (que luego ese pie permanezca o se sienta más o menos bien remunerados es otro cantar). Este panorama y el evidente deseo de poner en marcha proyectos personales, hacen que sean muchos “currantes” de la cultura que valoren la posibilidad de empezar su andadura de manera independiente. Pero, antes de que dejes ese trabajo que está matando tu creatividad o pospongas un año más tu salida al ruedo, esta vez echándole la culpa a la crisis, vale la pena plantearse algunas cuestiones en torno a eso tan aparentemente atractivo que es “ponerte por tu cuenta”.

Algo qué decir

Lo primero que uno debe plantearse, desde la honestidad más descarnada, es ¿aporto alguna novedad, un discurso único, una voz propia a este saturado mundo? No es una cuestión baladí. Estar hartos de nuestros jefes no es razón suficiente para lanzarse a la independencia. Seas un comisario incipiente, un diseñador de exposiciones o, si me apuras, un estudiante aspirante a guía, la crisis, de la mano de la saturación del sector cultural piden a gritos que diferencies tu obra o servicio de la oferta reinante. Para bien o para mal, esa idea de que hay que crear “marca” de uno mismo, vale para todos los profesionales de cualquier sector económico (de hecho, hay gurús made in USA que querrían aplicarlo a todos los aspectos de la vida). Lo que realmente importa es desarrollar una línea de trabajo original y propia, que pueda abarcar varios temas pero que va definiendo un discurso único y coherente. No se trata ahora de abrazar los temas de moda y largar las buzzwords de turno cada dos palabras (expandido, performativo, relacional, cartografías… ¿os suena?) o corres el riesgo de quedarte atrapado una temporada hablando de asuntos que, en el mejor de los casos, te importan un pimiento. Más productivo (y agradecido) es hacer un poco de autoanálisis y ver qué pequeñas filias, neurosis y obsesiones le acompañan a uno y explorarlas sin miedo.
Es el caso de Mery Cuesta. La comisaria independiente, crítica de arte, dibujante de cómic y batería (todo en uno) que debutó en la liga profesional el pasado verano en el CCCB ha conseguido que, pese a la diversidad de sus proyectos todos tengan su sello. “Al principio todos tendemos a fijarnos en un modelo preexistente, pero según vas adquiriendo confianza, acabas volviendo a tus obsesiones personales que, además, hacen que el trabajo sea más satisfactorio”. En el caso de la polifacética bilbaína, defiende además que “todos los proyectos acaban teniendo coherencia, porque tienen a la misma persona detrás y todos tenemos intereses diversos”. Eso sí, para que haya un hilo conductor es importante “ser sincero con uno mismo y cultivar la propia sensibilidad”. Eso sí, advierte la comisaria zaragozana Pilar Cruz, hay que seguir “unas ciertas líneas de trabajo reconocibles” pero evitando a la vez “verse encasillado con determinados estilos y discursos”. Cuesta parece mostrarse de acuerdo con su colega de profesión y advierte que “es arriesgado aferrarse a los mismos temas puesto que, bueno, hay que comer, y hay asuntos que son más comerciales o están más de moda que otros”, la clave es pues, la flexibilidad: “el talento del freelance es saber encajar sus intereses personales con salidas comerciales reales”, zanja Cuesta. Cruz, por su parte y continuando con la terminología “de empresa” cree que es más deseable ser reconocido por un “ISO, por un sello de calidad” que por hablar siempre de lo mismo. O lo que es lo mismo “estar a buenas con el sector sin entrar en polémicas innecesarias, trabajar bien, tratar de manera justa a colaboradores…”. En definitiva: hacer gala de “buenas prácticas” en materia ética: no copiar ideas, pagar de forma equitativa, no ponerse medallas que no nos corresponden y demás lindezas con las que el autónomo se da de bruces en este sector sin la protección de ninguna estructura detrás. En serio, ¡es una jungla!

Recursos renovables e intangibles

Y no es mala idea dejar un buen recuerdo entre nuestros colaboradores, que pueden convertirse en futuros clientes o nuestros relaciones públicas “sin querer”. Carlos Urroz, de Urroz Proyectos y asesor de arte contemporáneo para diversas instituciones públicas y coleccionistas privados, coincide con la comisaria y recomienda, además de asegurarse cierto “colchón” económico, dar un vistazo a nuestra agenda. Y es que en esta era el networking (la red de conocidos, colaboradores y amigos que tenemos) lo es todo. “Antes de lanzarse a la aventura, hay que valorar muy bien nuestros contactos, que básicamente, serán la fuente de nuestros futuros proyectos”, Urroz incluso nos da cifras: “el 80% de tu sustento vendrá a través de gente con la que hayas trabajado previamente”.
Cultivar el networking de manera elegante es prácticamente una obligación cuando uno trabaja por cuenta propia. Las claves de ese fino trabajo de relaciones públicas se rigen por el sentido común: interesarse por el trabajo ajeno, hacer saber a los demás qué proyectos están en marcha o qué ofertas podríamos valorar seriamente, reconocer cualidades profesionales propias y ajenas. Es decir, hacer autopromoción honesta y estar al día de los movimientos de nuestros compañeros de sector. Todo ello hecho con medida. O lo que es lo mismo: recuerda si solamente hablas tú, no es conversación. Y eso se aplica también en blogs personales e incursiones en Facebook y demás redes sociales, herramientas que, por otra parte, conviene tener siempre a punto y debidamente actualizadas.

Una vida (nada) bohemia

Olvídate de esa idea de que el autónomo es un tipo que trabaja poco, toma cafés a horas intempestivas y, portátil en ristre, puede realizar su labor desde cualquier sitio (no, un Starbucks lleno de adolescentes no es el mejor lugar para responder a una convocatoria. De hecho, ni para contestar un email). Bueno, quizá hayamos descrito un día normal en la vida Robert Storr, pero no la del que, con tesón, empieza a hacerse un hueco en el “mundillo”.
Pero, ¿cómo se lanza uno al ruedo de la independencia profesional? Antes de nada, hay que hacer acopio de recursos. “Es importante tener un plan realista, saber cuánto tiempo nos durarán esos ahorros hasta que llegue el primer trabajo”, recomienda Carlos Urroz. Otros, prefieren esperar a ese encargo primigenio antes de correr a darse de alta del IAE. Es el caso de Pilar Cruz, que primero formó una asociación cultural (La Pinta, todavía en activo, aunque ya sin la participación de esta inquieta zaragozana afincada en Barcelona) y luego dio el salto al freelance “cuando tuve asegurado un cliente que podría darme ingresos de manera regular”. Naturalmente, la vocación y la fuerza de voluntad hacen mucho: “ese coincidió con un momento en el que empezaba a desarrollar mis proyectos y necesitaba una dedicación exclusiva”.

Enails, lavadoras y pijamas

Y es que “no tener horario” más que flexibilidad y ocio ilimitado, como muchos piensan, significa “estar preparado para trabajar 24 horas al día”, cuenta Carlos Urroz. “Cuando empecé como freelance un amigo me dijo que tenía que mentalizarme para trabajar en pijama, a cualquier hora y mientras ponía una lavadora. Y precisamente, eso sucedió meses después cuando hablaba con él por teléfono”. O, en palabras de Pilar Cruz, “esto ya no es un hobby, es un trabajo y como tal hay que tomárselo”, resume la comisaria. Por eso, mientras Urroz apuesta por la dedicación en cuerpo y alma a la causa (“aunque luego puedes organizarte y cogerte unos días de vacaciones cuando los demás trabajan”, puntualiza), Cruz en cambio se pone socrática y nos anima a “conocernos a nosotros mismos”, los difernetes “horarios de cada uno” y respetarlos para establecer “un ritmo de trabajo constante”.
En definitiva, ser freelance tiene mucho que ver con ese consejo que nos daban en el cole de hincar un poco los codos cada día, más productivo que esperar a la última noche, escudándonos en que “somos noctámbulos” o “trabajamos mejor bajo presión”. Cruz tiene razón en “esto es un trabajo, para bien y para mal. Entre proyecto y proyecto hay que seguir leyendo, investigando y dedicándole las mismas horas diarias. E igualmente, hay que evitar que nos desborde y se cuele en nuestro tiempo de ocio”, aconseja la comisaria maña con no poca cordura. Cuesta se muestra mucho más expeditiva sobre este particular: “la autodisciplina es la cualidad más importante a la hora de plantearse ser o no freelance”. Y pese a lo underground de sus referencias, su día a día se parece al de un oficinista cualquiera, confiesa. “Que se olviden del glamour y la vocación. Hay que trabajar, y mucho”, resume Pilar Cruz en casi un eslógan que casi deberíamos llevar tatuado.

Impuestos, autónomos y otras leyendas urbanas

Todavía hay mucho que creen que “se pueden facturar hasta 3000 euros sin pagar autónomos”. Deben ser tantos, suponemos, como los que creen en los Reyes Magos o que las mayúsculas no se acentúan. En cuanto empieces a facturar deberás tener tus papeles al día y estar a buenas con el Estado. Eso es un hecho. La mayoría de autónomos tenemos a bien confiar nuestro papeleo a un gestor porque es complicado y, en fin, somos gente de letras. Conviene buscarse uno que esté familiarizado con nuestro sector. Es decir, que no se sorprenda si un mes no facturamos nada o si, Dios no lo quiera, pasamos una mala temporada y dejamos de pagar ese impuesto revolucionario llamado “cuota de autónomos”.
Antes de nada, conviene aclarar que con esta (desmesuradamente cuantiosa, sí) cuota estamos cotizando a la seguridad social lo que nos da derecho a asistencia sanitaria y, si es que eso existe para cumplamos los 67, tener una pensión en el futuro. Así que hay que contemplarlo como un mal necesario o, los entusiastas defensores de la redistribución de la riqueza y el estado del bienestar como quien esto firma, nuestra contribución a la sociedad. Pese a mi optimismo, es evidente que el autónomo, pese a pagar un pico, se encuentra en franca desventaja frente al trabajador por cuenta ajena. En este sector que nos acoge, además, no es buena idea facturar a la brava, puesto que muchas veces nuestros ingresos provienen de la Res Pública (instituciones y centros públicos o bien, entidades privadas que se financian con fondos públicos, como subvenciones) y, obviamente, nos exigirán “legalidad”.
Darse de alta de autónomo significa pues, por un lado, estar dado de alta en la Seguridad Social (esa cuota mensual que pagamos y que en su mínimo equivale a poco más de 800 euros de salario base) y, por otro, en Hacienda. En este caso nos referimos al Impuesto de Actividades Económicas (ahora gentileza del estado, antes había que abonar otra tasa), donde, además, estaremos “fichados” dentro de un sector y actividad concreta. Tras esto, ya podremos lanzarnos a facturar como locos. Lo dicho, un mal necesario que hay que tener en cuenta.

escrito por Cristina Díaz a las 10:48 am  

2 Comentarios »

  1. Felicidades por tu post. Me he sentido completamente reflejada en él… Estuve años como freelance y después me dejé mecer por un contrato en una editorial “de las grandes”. Conozco las mariposas en el estómago por no saber qué pasará en dos meses… y también el anestesiado día a día del mismo trabajo con los mismos compañeros… La crisis me ha devuelto al impuesto de autónomos y a darme de alta en el IAE. No lo buscaba, pero no me lamento. Sigo avanzando día a día con horarios de 9 o 10 horas diarias pero con la satisfacción de que sigo siendo editora pese a la crisis. Editora subcontratada, externalizada, mal pagada… así están las cosas. No siempre puedes escoger, pero yo elijo seguir hacia adelante, mientras me dejen.

    Comment by Anna Huete — 4 April, 2010 @ 5:19 pm

  2. Gracias Anna por compartir tu experiencia. Espero que todo vaya bien en esta nueva etapa, a pesar de los dramas cotidianos de la vida del autónomo. Al menos has podido elegir continuar con tu actividad, algo que no todo el mundo puede decir con la que está cayendo. En fin, ¡suerte! …Y sigue visitándome de vez en cuando entre mails y lavadoras! :)

    Comment by Cristina Díaz — 4 April, 2010 @ 8:19 pm

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